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Cuando hablamos de viajes en el día a día tendemos a contar lo espectacular que ha sido un viaje, lo interesante que ha sido la gente que nos hemos encontrado por el camino y lo rica que ha estado la comida. Todo es idílico. Pocas veces comentamos la suciedad de las ciudades, la pobreza de algunas zonas, y en resumen, lo que no es agradable a la vista. Un viaje es disfrute y aprendizaje sobre todo lo bueno que un país te puede dar, pero también se trata de aprender de lo malo y tratar, si es posible, de mejorarlo.

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Estambul, Turquía

Es sábado, 16 de agosto de 2014. Las palomas han empezado a despertarse y comienzan a buscar algo para desayunar. Son las seis y cuarto de la mañana, el metro ha abierto hace quince minutos y nosotros, el spanish dream team, nos hemos subido en el primero, estrenando la mañana. Tras veinte horas sin dormir, seis de ellas viajando, seis esperando a un autobús que nunca llegó, los sentidos se ralentizan y tu cerebro trabaja más lento que de costumbre. Así estaba yo de camino a Yenikapi para coger un ferri por las calles de Aksaray. Un mes antes, exactamente en el mismo lugar y haciendo el mismo recorrido, las calles estaban llenas de gente, de puestos callejeros, de humo, de olor a pan y a maíz y de vida, ajetreada, pero vida. Ahora el encuadre es bien diferente, las calles están repletas de palomas y gatos, y aunque nadie anda todavía por las calles a pesar de que el día ha comenzado con el amanecer hace más de media hora, parques y bancos están atestados de hombres, mujeres y niños. Qué imagen. En cada banco hay un hombre, sin equipaje, sin pertenencias, con un cojín y lo puesto, durmiendo a pierna suelta, o eso parece. En los parques, con mantas extendidas por el suelo, familias enteras, tapadas con toallas y con pequeñas bolsas a su lado, hacen lo propio. Yo no puedo dejar de mirar a todos lados, mientras alguna de las personas con las que voy maldice la suciedad de la zona y se refiere a Estambul y a Turquía como un país tercermundista. Yo, casi hasta ofendida le digo que espere, que está viendo una zona mala y no todo es igual. Pero lo cierto es que hasta yo estoy impresionada. Todas las veces anteriores en Turquía había visto suciedad, prisas y gente a voces por la calle y zonas más pobres que otras, pero nunca había visto una imagen tan explícita como la que ahora se mostraba ante mí. Comentamos entre nosotros si la pobreza sería tan extrema en la gran ciudad como para tener a cientos de personas, si no miles, ocupando las calles, sin casa ni bienes. Nos parece excesivo, así que descartamos esa opción. Quizá, pensamos, están a la espera de algún autobús u otro transporte para ir a sus ciudades o a sus trabajos, como nosotros habíamos estado seis horas, esperando en la calle con nuestras maletas a un lado. No tiene pinta, son demasiados y es imposible que todos estén en la misma situación. No sé, no encontramos respuesta. Seguimos nuestro camino hacia el puerto sin entender nada y sin dejar de ver a más y más gente en esas condiciones.

Pasaron unos días hasta que aquella imagen volvió a mi cerebro y aproveché el hecho de estar con gente turca para preguntar.

–Eda, el otro día cuando veníamos hacia Bursa vimos a cientos de personas durmiendo en la calle, en parques y bancos. ¿Por qué, hay mucha pobreza en Estambul?

– Nerea, ¿conoces la situación de Siria? Cada día, cientos de sirios vienen a Turquía huyendo de la guerra. Vienen sin nada. Los que alcanzan Estambul no pueden permitirse comprar una casa. La calle es su casa.

Y estos días, que estamos viendo en los medios que más de cien mil kurdos sirios están entrando en Turquía huyendo del ISIS en Siria, lo he recordado y me he imaginado las calles de Estambul más repletas, con menos bancos libres y más familias bajo los árboles. Refugiados sirios que no esperan a ningún autobús, aunque pasen horas de espera.

 Nerea Gutiérrez

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