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Hace días que el verano terminó y agradezco estar en un lugar en el que parece que el sol no termina de irse del todo. Cuando era más pequeña solía pensar que el verano se llevaba con él el tiempo para relajarse, viajar y disfrutar, y que el otoño llegaba con las hojas de los árboles que flotan en el aire hasta tocar tierra y con los vientos cada vez más fríos que agitan las melenas, con libros para estudiar y con nuevos comienzos. Con el tiempo aprendo que solía estar equivocada, que ni el verano te trae la felicidad ni el otoño te la quita, que no hay estaciones para los viajes ni los libros, y tampoco para los principios ni finales. Las cosas pueden suceder en cualquier momento sin importar si hace sol o si está lloviendo. Siempre hay tiempo para una nueva aventura y también para descansar.

Mi verano en León, Madrid, Asturias, Santander, Roma y Sicilia, entre novelas, se ha acabado hace algunos días con preparativos, maletas y despedidas. Y el otoño comenzaba a apretar los recuerdos de las tiendas de campaña, los encuentros con nuevos y no tan nuevos amigos, las barbacoas, playas, festivales y fiestas, mientras me acomodaba en una nueva ciudad, lejos de la anterior, llamada Esmirna. Me sorprendió intentando aprender nuevas palabras, haciendo nuevos amigos, descubriendo rincones de la ciudad, probando sabores desconocidos, entre libros de psicología.

Octubre esta vez apareció diferente, arriesgado, o al menos, más de lo que solían ser los anteriores, con nuevos retos, con nuevas historias que empiezan a escribirse, con recuerdos que no creo que puedan borrarse. Vino con ganas.

De soñar, de cambiar, de crecer, de vivir.

Turquía, el otoño ya está aquí.

Y yo también.

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