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Consiguió cerrar su maleta y se fue cuando aún estaba saliendo el sol. Se fue sola, con los veinte años y kilos que se podía llevar de Oviedo. Ya se había despedido, de hecho, llevaba haciéndolo mucho tiempo. Caminando, dejó atrás las calles en las que había vivido toda su vida. Aquellas calles de los parques en los que pasar las tardes con sus amigos y de los bares donde pasaba alguna noche, de los rincones secretos en los que había besado por primera vez a y de todos los lugares que de alguna manera consideraba que eran suyos. Se fue pensando, recordando y diciendo adiós con una sonrisa en los labios y brillo en sus ojos.

Llegó a la estación del autobús conociendo a nuevos compañeros de viaje que la esperaban. Había pensado que el viaje sería largo, pero estaba siendo el más corto de su vida y las horas en la carretera se esfumaron entre nervios, risas, primeras impresiones e ilusiones.

Cuando llegaron el aeropuerto estaba abarrotado de gente que llegaba, que se iba, que se despedía y se reunía. Ellos se iban, ahora juntos, en un avión que aterrizaría después de unas horas en Istanbul. Esperaron una hora, que podrían haber sido doce para haber salido del aeropuerto y callejear por la ciudad de los tres nombres, aunque no les preocupó demasiado, pues estaban seguros de que volverían pronto, con más tiempo y con las mismas o puede que aún más ganas.

Llenos de euforia empezaron el último tramo del viaje subiéndose en el avión que les llevaría a su destino y antes de que se dieran cuenta ya habían aterrizado en su nueva ciudad, Izmir.

Allí estaban esperándoles varios turcos que llevaban carteles con sus nombres para darles una calurosa bienvenida. Se despidieron después de un largo viaje juntos seguros de que aquello no hacía más que empezar, que aún les quedaban miles de aventuras por vivir. Así que cada uno cogió sus maletas y tomó su camino.

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