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kosdisj

El otro día me pasé por tu ciudad. No iba con ninguna expectativa, al contrario; mis ojos se habían preparado para no encontrarte. Sin embargo, a mi paso por cada boca de metro me parecía sentirte. Te noté en cada mano que rocé por la Gran Vía, entre arte y consumismo. También en aquellos que, frente al templo de Debod, apoyaban sus trípodes en el suelo para jugar a enfocarlo ante el cielo rosa que siempre me enseñas. Te ví entre cada uno de los peluches gigantes de Sol, en la banda mejicana, en los bailarines de break y en aquel que pintaba sobre cartón. Me encontré, mientras hacía tiempo viendo pasar a los tuyos por la plaza, a dos parejas de irlandeses que me hicieron remontarme a épocas de piratas y que me sacaron, con un gesto de la mano, más de tres sonrisas encadenadas. Los vagabundos en sus sacos me enseñaron tu peor cara, la de recién levantado, la de verdad, como así hizo la marcha por Alcalá. He de añadir, cómo no, que tus metros no han perdido la manía que cogieron años atrás de llevarme al lugar equivocado, pero lo seguiré agradeciendo mientras siga, visita tras visita, encontrándome a espontáneos dando vida al hastío que empaña los cristales. Descubrí otra parte de tí, más cálida, más viva, entre ciudadanos y sudaderas de colores por el parque del Retiro. Había espectáculo y diversión por doquier; deportes, arte, niñez. Cada una de las líneas que te caracterizan convergían en aquel lugar.

Todo tú allí. Y yo de tu mano.
Nerea Gutiérrez
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