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15.10 hora local. El sol abrasa mis poros y mi abanico rojo flamenco no me libra de los sofocos. Estoy en la plaza del Bazar de la Seda -Koza Han que dicen los oriundos- y despues de pasear entre pañuelos de seda, las tacitas de café turco me han atraído hacia una mesa con sombrilla. Kahve, gracias por ser servido con agua. Me bebo el café con ganas, me gusta, y la sensación final de comer barro cuando solo queda el poso también. Dejo un poco más café de la cuenta, sigo el ritual y doy la vuelta a mi taza. Una dos tres monedas sobre ella, y mi anillo como broche final. Ahora a enfriar, en unos diez minutos mi fortuna y futuro serán narrados. Aprovecho para ojear el periódico, el Bursa perdió ayer. Recuerdo que vi el partido en directo, yeşil,beyaz, yeşil, beyaz,yeşil, beyaz, Bursa spor!! Muhammet coge la taza, los restos del café se quedan sobre el plato, y empieza a estudiar las formas y ángulos dibujados en las paredes blancas de porcelana. Le dejo concentrarse y fijo mi mirada en un crucigrama que hay en la mesa. Otro de los chicos turcos que me acompaña me dice que me parezco a la mujer del pasatiempo, le contesto con un sí hombre en lenguaje no verbal que entiende a la perfección y me cuenta que es una famosa actriz de telenovelas turcas. Bueno, quizá me parezco un poco. Muhammet me habla de caminos diferentes, inconexos, de delfines y cosas buenas, de flamencos y malos presagios, de decisiones, de problemas y conformidades, de desencantos. Nunca imaginé que un café turco de cuatro lyras y media diese para una vida entera, surja lo que surja y sin contemplaciones. Decido en ese mismo momento que volveré a Turquía para volver a encontrarme delfines marrones en plazas de seda. Sin darme apenas cuenta, entre el acento turco y el tintinar de las tazas y vasos de çay, el tiempo ha pasado más fugazmente que de costumbre, y el autobusero, aunque turco, no perdona. Recojo mi cartera turca, mi tabaco turco, mi bolso turco, mi abanico rojo flamenco, le digo adiós a mi gemela y güle güle a los flamencos. A la salida del bazar paso junto a una fila de hombres enfrascados en sus abluciones y deseo con fuerza poder leer en un futuro sus delfines de café, empaparme de sus costumbres y charlar sobre política, mujeres, julios de Ramadán y agostos de calor.

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