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Quizá suene exagerado, pero puedo asegurar que mi paso por Turquía no habría tenido ningún sentido de no ser por los pequeños y auténticos pueblos que he descubierto en mis viajes. Y no hablo de pueblos increíbles como, por ejemplo, Alaçati, que aunque único, está totalmente enfocado al turismo, si no pueblitos empedrados con mujeres vistiendo faldas de colores que ellas mismas han realizado, con los olores típicos de un pueblo tradicional y la cercanía de sus gentes.

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 Los suelos y fachadas de Cumalıkızık desprenden historia y nos relatan aventuras de la época otomana. Lleva en pie desde principios del siglo XIV ─época en la que reinaba el Sultán Orhan Gazi─y hoy en día es un pueblo protegido. Es atractivo para los visitantes no sólo por su historia sino también por su mercado rural. Al tiempo que sorteas las piedras para no tropezarte y subes y bajas por sus cuestas, puedes ir echando un ojo a las prendas de ropa que las mujeres, sentadas a las puertas de sus casas, han colgado de las fachadas, o a los botes de mermelada que ordenadamente han colocado sobre una barra de madera a pie de calle.  Nada de tiendas como las conocemos. Ni una, cero. Parece que nos hayamos ido a un mundo mucho más puro, y estamos sólo a 13 kilómetros de la gran Bursa.

 Hay pocos bares y sólo se encuentran dentro de las casas. Entramos en uno y nos mandan ponernos unas bolsas de plástico en los pies; respeto a la religión ante todo. Es un pueblo que vive de y por sus costumbres. La primera vez que fui era julio, estaban en ramadán, y tan solo unas pocas señoras ocupaban las calles. Como es costumbre en el país y, más notablemente, en los pueblos, las familias pasan las horas en sus casas y muy pocos deciden salir. La segunda vez, ya en agosto, el ambiente era completamente diferente: puestos, coches, alboroto, animales, turistas y hasta una boda. El desorden reinaba en el lugar y los oriundos te animaban a comprar; ya nada les incitaba a estar en casa y, ahora sí, su principal objetivo era vender cultura.

Con tres palabras base en turco y un par de amigos de Bursa, conseguimos entablar conversación ─o algo similar─ con las señoras del pueblo. Hablamos de Cumalıkızık, del calor, de nuestros países de origen y de sus productos. Acceden a sacarse una foto con nosotros; no saben a donde mirar, pero nos abrazan y nos dan las gracias.

Las casas del pueblo, que mantienen las características del período otomano, tienen una estructura basada en dos o tres pisos, con un patio interior ─si alguna vez habéis visto fotos de los corrales de comedia de España, se podría asemejar─, una primera planta de techo bajo más cerrada y resguardada, y una segunda planta que se utiliza en verano y está abierta al patio. Algo típico del Imperio Otomano que se refleja también en estas casas es la falta de ventanas en las entradas; para la privacidad de los habitantes, éstas suelen estar en los pisos superiores y, principalmente, en habitaciones desocupadas.

En una mesa de la tercera planta, mientras abajo hacen kış ekmeği, un pan que elaboran las mujeres de manera tradicional sentadas frente a su particular cocina, nos tomamos algún que otro çay. Oímos la llamada a la oración y buscamos los minaretes entre los árboles; la mezquita del pueblo está escondida, pensamos. Nos dicen que no, que la mezquita de Cumalıkızık no tiene minaretes y es súper tradicional, de altura baja, cuadrada, con unas escaleras para acceder a ella y las fuentes para las abluciones en su fachada principal. La encontramos luego en mitad del pueblo, en una calle cualquiera, como una casa más. Una mezquita cuyos rasgos demuestran su antigüedad y nos saca de lo cotidiano.

Paseamos entre casas, por las calles, subiendo y bajando, atravesando plazas, oliendo a estiércol a veces, a dulce de frambuesas en otras ocasiones, a miel, a café… Nos encontramos con un niño en brazos de su madre que nos mira con los ojos como platos, le preguntamos su nombre, pero es tímido, su madre nos lo dice y le llamamos; nos da un beso. Esto se llama Cumalıkızık y, aunque no tiene una gran mezquita azul ni un gran bazaar, es lo más puro que he alcanzado a visitar en este año que termina.

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Nerea Gutiérrez 

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