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Comenzar un viaje en la cabina de un tren cama, con dos mujeres al lado que no te dejan siquiera encender la luz, no es una bonita forma de empezar, pero nunca hay que desesperarse porque no se sabe qué te va a deparar el futuro más cercano. Portugal, en tan solo cinco días, nos hizo volver a soñar con castillos y estudiantes con capas, nos alegró el paladar dándole puro sabor a nata y nos dilató las pupilas al mirar hacia los puentes de hierro y los atardeceres rosas que les acompañaron. Cinco intensos días con cambios de planes precipitados, compañías excelentes y mucha, mucha alegría.

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En Vitoria,  con un tiempo horroroso y mucho frío, dijimos adiós entre lágrimas -y eso que una humilde servidora no acostumbra a llorar en las despedidas- y partimos en nuestro particular expreso de medianoche hacia tierras lusas. Un pasillo de menos de un metro entre la ventana y las habitaciones, un retrete atascado que desprendía un hedor que no quiero recordar y una cama de la que se me salían los pies protagonizaron las ocho horas que tardamos en llegar a Coimbra.

Una flor viva y brillante hizo que nuestro paso por la ciudad fuese único e inolvidable. Una amiga que está allí de ERASMUS nos acogió en su casa y nos cuidó: fue amiga, madre y guía, todo en uno. Nos introdujo en la cultura portuguesa llevándonos, lo primerísimo de todo, a desayunar un pastel de nata con un galão -Mmmmm-. Había oído cosas sobre la cocina portuguesa y, aunque he de reconocer que mi viaje no sirvió precisamente para degustarla, por lo menos los pasteles de nata llevaron la gastronomía del país a una posición muy positiva en el ranking.

Coimbra es especial, con sus cuestas empinadas, sus suelos empedrados, sus iglesias, las repúblicas -ay, las repúblicas…-, las luces de navidad que te guían por las calles, las praças… Si el mercado estaba cerrado por ser domingo, había un pingo doce para abastecernos de pan y vinho verde -muy ricos los pasteles, pero ese día pasamos hambre, sí-; y aunque no hicimos ruta turística a fondo, rodear Coimbra de camino a casa fue una buena manera de fijarse en los parques y los edificios, de ver cantinas y de leer los nombres de las calles, algo que me encanta en un país ajeno. Ah, si alguien me puede explicar qué obsesión tienen los portugueses por los edificios rosa claro, que me ilumine, porque la repetición de éstos tanto en Coimbra como en Oporto acabó siendo desconcertante.

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Con los papeles de la reserva del hostal de Lisboa en la mano, decidimos cogernos un autobús a Oporto y pasar allí el fin de año. La compañía que habíamos tenido durante dos días era maravillosa, y la idea de ir a Lisboa sólo mi hermana y yo se nos hacía un poco extraña e inapetecible. Los planes que teníamos pensados para la capital se quedaron en el tintero, esperando a que volvamos de nuevo para, de una vez, llevarlos a cabo. Italianos, turcos, portugueses, una chica alemana, una brasileña-coreana, españolas, y alguno más que seguro me olvido, nos reunimos en la calle Almada para pasar unos días muito engraçados. Y vaya que si lo fueron.

Para hablar de Oporto necesito pararme a pensar mucho las palabras, porque su brillo y su magia se merecen mucho más que cualquier adjetivo simple que se me pueda venir a la cabeza. Una vez escuché una canción que decía “Porto es algo más, Porto es algo más, tú eres algo más”; eso me hizo ansiar conocer la ciudad y ahora que la conozco, puedo afirmar que es algo más, mucho más…

IMG_2228Nerea Gutiérrez

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