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Zürich no es gris, aunque es esa la sensación que da al alzar la vista. Los años vividos en Asturias me han enseñado que aunque una ciudad esté encapotada la mayor parte del año, sus colores no desaparecen, solo hay que encontrarlos. Y así sucede en la capital suiza.

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A la ribera del río Limmat, entre banderas rojas y blancas, entre cruces y más cruces, aparecen los tesoros. Arquitectura multicolor, restaurantes españoles y tiendas de relojes. Así, más o menos, con cientos de cosas más, son las calles de Zürich.

Antigüedad con forma de cuesta, eso es lo que se ve en su zona antigua. Callejuelas con preciosos edificios, suelo de piedra, plazoletas, iglesias y hasta vacas en los balcones (lo cual me recordó a la exposición de 2001 por la que se repartieron esculturas de vacas por todo Bilbao).

Bahnhofstrasse es la calle principal de la ciudad y una de las avenidas de tiendas más conocidas en el mundo (y más caras), junto a la estación central de Zürich, que es la mayor estación de ferrocarril de Suiza.
La Iglesia de la Abadía de Fraumünster lleva adornando Zürich desde el año 853, importante, sobre todo, por sus vidrieras. La arquitectura de dicha iglesia se solapa con el resto de edificios de la ciudad, creando así la imagen que podemos ver de Zürich. Cercana a Fraumünster se encuentra St. Peterskirche (la iglesia de San Pedro), con un reloj de 8’7 metros de diámetro, lo que lo convierte en uno de los mayores del mundo.
Grossmünster (o Gran Catedral) es otra de las tres iglesias más importantes de Zürich. Fundada en el siglo IX por Carlomagno, tal y como cuenta la Historia, no fue hasta los siglos XII y XIII que se reconstruyó en su forma actual. En cuanto a la estructura, destacan los dos campanarios gemelos y paralelos, que se han convertido en la imagen de la capital.

Y así es Zürich, no muy llamativa en su conjunto, pero con relámpagos que se quedan grabados en la retina. El cableado del tranvía, decorando la ciudad a su manera, un flautista que sin saber tocar las notas pide dinero en medio de una plaza, las banderas ondeando en cada balcón, los colores de los bares, las pinturas de las calles, un niño pescando en plena ciudad, un ciclista atropellado (sano y salvo), cisnes nadando con un cuervo de guardián, el tráfico asesino, los semáforos incomprensibles, el precio de la vida, la gente de negocios, los juegos tradicionales en los parques, el ajedrez gigante, los tejados marrones de la ciudad, los patos buceando en el río, la lluvia mojando las calles…

Zürich, la ciudad de la multiculturalidad y la diversidad.
La ciudad de los cuatro idiomas y de las carteras llenas.
Vayan y paseen, está para verla.
Por lo menos por eso aun no se paga.

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Nerea Gutiérrez

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