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13:41, 5 de febrero, 215

Quedan exactamente tres horas para volver a encontrarme cara a cara con el viento, y mis nervios sólo me dejan pensar en que no encuentro la batería portable del móvil y en que probablemente -que viva el optimismo- pierda el vuelo de Estambul a Izmir. No sé describir lo que significa volver –cuatro veces ya? Nerea, te has echado un novio turco?– allí, de nuevo al mismo lugar donde comencé a descubrir una cultura que es muy diferente pero que te enciende y te hace estar completamente viva.

En septiembre compraba sin preámbulos un billete de avión, sólo un mes después de haber vuelto del mismo lugar, y ni se lo quise decir a mis padres pues conocía su futura reacción. La vida es así, y esta parece ser mi despedida -al menos, por un tiempo-. Este será mi teşekkürler a casi dos años de relación, una relación intensa que ha madurado al mismo tiempo que yo, y que ahora dará paso a muchas otras, bonitas, enriquecedoras, únicas también.

Mi asiento contiguo está vacío por unas horas más, y poco después del amanecer nos subimos a un ferry de esos que marean y nos vamos hasta Chíos -una islita griega pegada a Çesme (Turquía)- a dormir mirando al mar en una casita que hemos alquilado para el finde.

Luego, la experta en Izmir hará de guía, y veremos Alaçati, Pamukkale, Éfeso, Sirince, Estambul y lo que caiga. Aprenderemos mucho y nuestros ojos y nuestros objetivos se quedarán con cada detalle; comeremos hasta tener que desabrocharnos el botón del pantalón; dormiremos poco porque querremos hacer mucho; y viviremos, sobre todo eso haremos.

Izmir, Turquía, Gloria: nos vemos ahora.

Nerea Gutiérrez

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